Era un fin de semana como cualquiera, sábado por la mañana. Había hecho ya todas mis tareas como cualquier estudiante responsable y estudioso.
Salí a buscar unas cosas para el almuerzo y pasé por la casa de mi amiga Rocío.
No me lo esperaba: pila de cosas tiradas en el suelo de la entrada como si un perro hubiera pasado por allí, destrozando toda la basura a su paso. Pero no se trataba de un perro, sino de tres niños chicos que andaban jugando solos en la calle, así que me acerqué y les hablé.
—¡Hola! Me llamo Lorena. Ustedes... ¿de dónde aparecieron? ¿Quienes son?
—Soy Kevin. Tengo nueve años. Y ellas son mis hermanas Sofía y Melanie. Sofía tiene siete años y Melanie cinco. Un gusto.
—¡Oh! Muy bien educado y amable como para tener nueve años. Parece que tuvieras... trece o catorce. Yo estoy por cumplir catorce —les dije.
—Ah, qué bien. Bueno, nosotros vamos a volver a casa ahora. Sigue pasando una linda mañana, Lorena. —me dijo, mientras señalaba a las niñas para que guarden sus cosas antes de irse.
Al entrar a la casa, encontré a Pamela, la mamá de }Rocío. Estaba sentada en el sofá leyendo un periódico.
—¡Hola! Disculpa la molestia, pero vine a dejar el... ta...
—Ah, sí. Lo olvidaba. el tazón que me habías pedido hace una semana, aunque nunca entendí para qué lo necesitabas. —me dijo.
—Era para un proyecto.
—¿Un proyecto?
—Sí, una especie de experimento con tazones. Mi tía no podía prestarme uno de los suyos porque dice que... ha estado muy ocupada en una actividad que también se necesitaban varios de esos. Y ella cada día llevaba más. Un día dos, otro día tres, otro día cuatro... hasta que pasó la semana. Y para mí, era importante realizar el proyecto.
—Qué serán esas actividades raras en las que se mete tu tía. Estará inventándose algo llamado... "La Tarrería", seguramente.
—¿Tarrería? ¿Y eso?
—Hmm... Cosas de tazas, tazones... tarros en fin.
Esa manera de decirlo de Pamela, me sonaba algo infantil, así que dejamos ese asunto de los tazones. Le pregunté sobre Rocío. Estaba en su cuarto, así que la fui a saludar.
—La panda morada —dijo, sin mirarme ni señalarme.
—¿Qué? —le pregunté.
—Nada, estoy viendo algo de mi hermana. Sucede que...
—Espera. ¿no vas a hablarme de la tarrería ni nada de eso, no? —era evidente que no lo iba a entender.
—¿what? Oh... no sé de qué va eso de la "Tarrería, pero no es nada de eso. Solo lee esto y dime.
—La... panda morada —dije.
—Sí, de eso se trata. Es que mi hermana está intentando hacer una especie de cuento con eso. Es para un concurso. La idea es que los cuentos lleven la palabra morado o morada en él. Aunque es algo estúpido y de gente tonta (a ella misma se lo dije) pero quiso participar en ese concurso, de todos modos.
—ja, ja, ja. Gente raruna —le dije.
—El otro día me hablabas de... Álvaro, o algo así era su nombre; y yo me iimaginaba crear una historia de amor llamada... Lore Lightwood y los cuarenta amores. Incluido él.
—¿Lightwood? ¡Pero qué es eso! No estás inventando cosas... o estás obsesionada con ese libro de los Shadowhunters que te di el otro día, que ya me cambias hasta el apellido. Y los 40 amores, otra tontería, muy relacionada con... una historia de mi abuelo.
—Es que... yo... ¡Lore A... Al... bueno, no lo recuerdo ya. Ja, ja, ja.
—Alvarado, supongo. Aunque... ni es A, ni empieza con A.
—Bueno. Lore Hernández, supongo.
—Al fin. Al fin lo recordaste. Bueno, espero que tengas un lindo día, debo ir a llevar unas cosas a casa. ¡Te quiero!
Salí de aquella casa, aturdida. Primero con lo de los tazones, el artilugio favorito de la señora. y ahora... un concurso de cuentos medio estúpido y una chica obsesionada con un libro. Tanto, que ya hasta le cambia el apellido a su mejor amiga.
—Tía, he... regresado. Disculpa tanta demora.
—Nada, amor. Recién me acabo de duchar. Creo que estaba durmiendo cuando te fuiste. y tu tío... no se despierta ni con el sonido de un rayo parece. Así que tranqui.
—Ah, bueno. Pero... tengo unas novedades medias raras para contarte.
—¿Novedades medias raras?
—Sí, así es.
Le conté toda la historia. Lo de los niños, el papel a medio terminar del cuento de la hermana de Rocío, lo de los tazones...
—No. Mi amor, esas son cosas muy raras. A esos niños nunca los vi. y... ¿Qué clase de tazones decías?
Me pareció que mi tía estaba perdiendo la memoria o algo por el estilo. Ni siquiera recordaba haberme dado un libro para regalarle a Rocío por su cumpleaños. aquel libro con el que quedó obsesionada e intentó cambiarme el apellido.
Llamé a un médico que era amigo suyo. Le conté todo eso y que ella ya no era capaz de recordar cosas como esas.
—Buenas. Mira, Lore querida. Vas a tener que traerla cuando puedan, ya que esto es un tema algo serio. Tu tía se pudo haber caído, golpeado fuerte mientras se duchaba...
Pero ella dijo que no se había caído ni nada por el estilo. O tal vez quiso ocultar lo de la caída para no dejar mal a nadie. Así que le dije unas cosas al doctor, corté la llamada y me fui a ayudar con unas cosas.
Cuando estaba lista la comida, recibí un mensaje. Era de Álvaro, el chico con el que estaba saliendo.
"Hola, Lore: Siento lo de tu tía. me lo acaba de contar Magalí, me la encontré en una esquina. Iba a buscar unas cosas a la casa de mi primo y me la encontré, cerca de la tienda de ropa.
Me contó que tu tía se dio un golpe en la ducha y está perdiendo la memoria. Espero que de las heridas se recupere, aunque dudo que vuelva a recuperar los recuerdos en algún momento.
Saludos y corazoncitos."
De pronto, me desperté. Estaba en mi cama. Miré la hora en el reloj que tenía en una mesita, las 10 y 25 de la mañana.
Preparé el desayuno y saludé a mis tíos y a Magalí. Cuando el desayuno estaba listo, serví una taza de café para cada uno de nosotros y unas tres tostadas para cada uno.
Luego les conté sobre el sueño raro que tuve. Magalí dijo:
—No, vos no regalaste ese libro, si lo estás diciendo así. Parece que la que está obsesionada con ese libro sos vos. tanto, que soñás cosas raras...
Nos echamos todos a reír. No sabía que un libro causaría tantas cosas raras. Desde pensar que se lo regalaste a una compañera a quien le encantó, hasta creer que ella te intentó cambiar el apellido más de una vez.
Y lo de los tazones... nada mejor que un baldazo de agua fría a quien inventó eso.
Historia loca, la ciudad del caos
Este capítulo está dedicado a personas locas, entre las cuales me incluyo.
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